¿Cómo juzgamos la belleza? En Kant, la distinción entre “belleza libre” (pulchritudo vaga) y “belleza adherente” (pulchritudo adhaerens) marca dos modos de mirar. En el primero, la mirada se detiene en una forma que agrada por sí misma, sin necesidad de saber qué es ni para qué sirve. En el segundo, lo bello emerge cuando lo que vemos parece ajustarse a una finalidad o a un destino. Entre ambos modos hay oscilación en la mirada: o bien contemplamos la forma en su pura presencia, o bien la leemos como función.
Sin embargo, la experiencia no parece sostener con tanta nitidez esta separación. La mirada rara vez se mantiene en un juicio puro, ni logra desprender del todo la forma de aquello que sabe o cree saber de antemano. En el universo de Rosa Aguilar, forma y función no aparecen como términos estables, sino como fuerzas en tensión. Asistimos a un cosmos que nos exige transitar los límites y los puntos de encuentro entre belleza libre y belleza adherente. Cada pieza, óleo o cerámica que compone la exposición nos presenta objetos en los que nuestra cultura nos ha enseñado a anticipar rasgos arquetípicos. Cada uno parece portar ya la huella de aquello que debe ser, como si su figura anticipara una función unívoca. Miramos una mano y no solo vemos las líneas y pliegues que surcan la palma, sino el destino que en ellas se inscribe. Como el quiromante, leemos en sus pliegues los usos de nuestro cuerpo, si nuestra piel conocerá el amor o la enfermedad: todo viene dado.
Vista de la sala.
Las imágenes que despliega Aguilar activan en nosotros ese impulso interpretativo. La afilada sombra proyectada por la nariz del hombre no es un accidente lumínico. Delata que sus labios han sido creados para la mentira. Del mismo modo, el nido alterado por la presencia del cuco no es únicamente una disposición de huevos en un espacio. Lo vemos y sabemos que el impostor no va a ser descubierto, que el polluelo nacerá imbuido de una maldad heredada. Que, todavía sin plumas y empapado de líquido amniótico, se empeñará en arrojar al vacío, uno por uno, los huevos de sus hermanos. La forma del huevo, ligeramente más grande que el resto, evidencia una función: la del intruso, parásito, traidor.
También hay lugar para las formas amables, como la de los árboles que con timidez detienen el crecimiento de sus copas justo antes de rozar las hojas del otro. Así, dibujan en el aire una distancia necesaria, como si supieran que ese gesto es el que permite la llegada de la luz y, con ella, de la vida. La roca que oprime la rama del almendro no es solo peso y materia: es también la condición de una fecundidad futura, la presión que enseña al árbol a dar fruto.
Ante estas imágenes, Aguilar plantea una pregunta: ¿qué precede a qué, la forma o la función? ¿Hemos construido nuestro cuerpo para que sus contornos, volúmenes y texturas sean los apropiados para responder a una finalidad previa? ¿O lo que nos ha sido dado es una forma, que orienta y determina lo que somos capaces de hacer?
Vista de la sala.
El símbolo del espejo, representado con una pieza cerámica, condensa esta duda. De su superficie emerge un rostro humano, una de las muchas y cambiantes imágenes que se pueden reflejar en él. Sabemos que esa función, el reflejo, solo es posible gracias a la materialidad concreta del objeto. Intuimos que la forma determina la función. ¿Pero no es acaso al revés? ¿No es el espejo una superficie indeterminada, disponible, que solo puede cumplir su función a costa de alterar su propio aspecto?
Es en el vaivén al que nos conducen estas preguntas donde las obras de Aguilar acaban por tensionar la distinción kantiana. No hay una separación estable entre belleza libre y belleza adherente, sino un ir y venir continuo, una oscilación que la mirada no consigue fijar del todo.
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