PACO PÉREZ VALENCIA
24.09.2025 - 11.01.2026. SALA ATÍN AYA. AYUNTAMIENTO DE SEVILLA
El perro negro es el nombre de un establecimiento que he frecuentado en Ciudad de México. Allí acudía a cenar muchas noches de soledad, borracho de nostalgia. Un hogar muy lejos de casa.
Hacía algunos años que deseaba titular así un proyecto personal porque era para mí como un alter ego con el que me sentía emocionalmente identificado. Era un lugar ruidoso hasta el dolor, oscuro como una cueva de perros salvajes, gente anónima y perdida, como yo. De alguna forma mi espíritu ha vuelto allí en estos días frenéticos para preparar este proyecto. Necesitaba romper con muchas cosas, en el reencuentro con algunas obras, en mi regreso a los años más intensos de mi vida.
Esta exposición tiene un único propósito: quiere ser capaz de contar todo cuanto he vivido en este gran viaje con devoción a pesar de su imposibilidad, con una mirada nueva, diferente. Es así como me veo hoy. Es así como quiero que me vean hoy. Pero es un ejercicio complejo y tan provisional como todo lo que ocurre en mi vida. ¿Cómo contarme en todos estos años, tan distinto siempre, tan cambiante, con lenguajes cruzados, proyectos inacabados, sueños errantes, expresivo en gestos, también intimista, geómetra, contestatario, secreto… ? Porque abracé muchas cosas, todas en nombre del Arte -así me engañaba y todas me llenaron -de lo que no siento culpa alguna-. ¡Bendita puñetera Vida! Cada acción, cada proyecto, cada instante se convertía en algo maravilloso. Sentía la fuerza de mi parte, no me cansaba y era capaz de pintar como si no hubiera un mañana; con los años y haciendo otras cientos de cosas simultáneas seguía pintando como un recién llegado, sin una disciplina formal, más bien como un Robinson perdido, por impulsos, aunque con mis propias reglas. Esta exposición es un intento por mostrar que todo cuanto hice tiene el cuerpo de un gran atlas de la desorientación, un muestrario de múltiples caminos emprendidos, de descubrimientos personales, de pérdidas, de obras sin dueño, cánticos de una libertad agradecida. Una exposición caótica, irregular, oceánica, incorrecta, corsaria, con mi fortuna flaqueante, mis obras fallidas, los sueños de una vida que salieron todos vanos y por los que no lloro inútilmente. Pero en esta exposición, sobre todo, no me engañaré y no diré que fue un sueño (Cavafis, siempre Cavafis).
Quiero contarlo todo y posiblemente yerre en el empeño. Mi galerista, Juan Cruz, piensa que la sala superior, la dedicada a El banquete, parece propiciar la lectura de un autor que hace su última exposición, porque muestro demasiadas cartas en la misma jugada y él piensa que eso no es necesario (todavía). Pero no tengo en mis entrañas otras oportunidades. Es ahora, en la misma ciudad donde me inicié, donde lo intenté, donde fui artista emergente y donde me perdí en una vida tan intensa que pudieron ser varias, cuando puedo contar mi odisea, mi viaje, mi mundo, los muchos mundos y -a lo que debo añadir algo no menos importante- todo ello ocurre en el mismo espacio expositivo donde me forjé 1999 y en el que profesionalmente como gestor cultural y museógrafo, un espacio que estrene en he dejado rastros de mi propia existencia, durante los diez años en los que hice decenas de proyectos en sus salas.
Lo quiero contar todo. Quiero mostrar las piezas de aquel joven en diálogo abierto con lo que aún hoy busco. Obras que pueden maridar en combinaciones extremas y sorprendentemente naturales, aprovechando las lindes del lugar, sus tres estadios, con tres secuencias. Son diálogos desordenados, pero posibles, únicos. Es la exposición de un pintor que ama el oficio, pero abraza otras muchas cosas que no teme implicar en cuanto hace, al contrario, que suma, que mezcla, que disrumpe. Esta exposición reúne mucho de lo vivido con lenguajes que se mezclan y que mutan en otras maneras de acceder al trabajo. Piezas con bastantes años de diferencia pueden bailar juntas hasta la más absoluta integración. Un montaje que sacrifica individualidades y que amplifica lecturas muy diferenciadas. En el texto de Luis Gordillo, Entre las cosas, en donde de alguna forma me instaba, hace justo hoy 20 años, a modo de juego, a un acto creativo por el que […] fabricara las diferentes obras de una colectiva imaginaria, y posteriormente, las situara en el espacio expositivo, tensionando hasta los límites máximos los encuentros sintácticos del conjunto. Esta es mi propuesta con mi propia obra. Una idea fragmentada, de vida irredenta, abierta, cuestionable, con diálogos forzados, inevitables, sin miedo a las distancias, a los motivos, a los años de diferencia entre ellas. Una exposición mutante y viva que dejará de existir porque me quedan muchas cosas por buscar y en las que perderme todavía.
Sea como sea, los años de mayor actividad profesional como responsable de la Colección de Arte El Monte y después Cajasol, así como en proyectos tan excepcionales como La Universidad Emocional, me permitieron explorar silenciosamente, con recursos propios, forzando los tiempos. Solo puedo decir(me) que nunca me rendí. Pero he errado con rumbos dispares, entregado al placer de vivir con la pintura. Por esto, llegado el momento, he podido ser consciente de todo. Y me ha gustado. Es también el mismo motivo por el que llegué a la educación, porque era el momento de dar las gracias. Había llegado la hora.
Dice el jugador de ajedrez, Garri Kasparov, que la mejor forma de aprender algo es enseñarlo. Formar a jóvenes en su inicio, acompañarlos, hablándoles del mundo que será suyo, es un ejercicio extraordinariamente rico para mí. El solo deseo de querer estar a la altura de esos corazones voraces es un estímulo espléndido para espíritus hambrientos. Quiero aprender, quiero mirar el mundo como ellos.
En una ocasión reciente, uno de mis jóvenes estudiantes me preguntó por artistas a los que profeso admiración. Quería una respuesta realista, de autores cercanos, de aquí. Mi lista sigue siendo la misma que en aquellos años de iniciación. Venero a todos aquellos que siguen luchando por sus sueños con una dignidad que les engrandece a pesar de todas las dificultades y miserias. Lobos esteparios, lobas salvajes, que siguen pintando como enamorados a pesar de las escasas ventas, a las dependencias económicas de sus parejas, de sus enormes dificultades para vivir entre los vivos y, con todo, me parecen aristócratas, seres extraordinarios que acaso conocen bien el secreto del mundo: ese que te hace ser portador de un poder extremo y mantener contigo los sueños del niño. Son deudores de la Pintura. Como lo fueron siempre Paco Reina o María Manrique y después, Manolo Cuervo, Curro González, Pepa Rubio, Ricardo Cadenas, Patricio Cabrera… les veo y siguen iguales que aquellos admirados pintores de una generación anterior a la mía que marcaron un camino que me sedujo hace casi 40 años. Les admiro porque son como siempre fueron.
Siento aún esa necesidad de silencio en el estudio. Mis ideas necesitan ese silencio. Me escondo allí como un francotirador y sigo explorando, sigo preguntándome, sintiendo el pulso del mismo mundo. Los Dibujos salvajes, aúnan ese intento por mantener el deseo de seguir luchando, un intento por atender todos los gritos, todas las historias. Una obra directa que necesita de pocos recursos y medios para existir y mantenerse, que me permite desarrollar ideas sin dependencias temporales, que puedo expandir como un ser vivo si el espacio me lo permite, que me sigue haciendo sentir el artista que soñé ser. Escribo en ella las palabras que necesito escuchar, como un enorme contenedor de almas, con imágenes de periódicos convertidas en iconos del mundo al que pertenezco. Una provocación constante. Si me quieren buscar, allí encontraran mi rastro.
Una vez escribió Ernest Shackleton a su esposa Emily: a veces creo que no valgo más que para estar solo con hombres en las lejanas tierras salvajes. Como Boss Shack, ya tengo el convencimiento que solo valgo para estar solo en mi cueva, como otro de esos lobos esteparios a los que tanto admiro, pero cuando salgo al exterior surgen todas esas cosas fascinantes en las que me dejo arrastrar como un adolescente y que me hacen querer volver a ella, a la nave que espera, para crear, para imaginar, para soñar, para vivir con todo.
Es hora de desaparecer en su oscuridad.
Fragmento de El perro negro. PACO PÉREZ VALENCIA
EL PERRO NEGRO.
Paco Pérez Valencia
24 de septiembre de 2025 – 11 de enero de 2026
Sala Atín Aya. Ayuntamiento de Sevilla. Calle Arguijo, 4, Casco Antiguo, 41003 Sevilla.
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